Subsiste una educación a varias velocidades en el país

Una mujer de Pampahasi tiene a uno de sus hijos estudiando en un colegio de convenio, y al otro inscrito en una escuela fiscal. Por experiencia, dice que el primer colegio, privado, es superior al otro, público, porque “la enseñanza es mejor”. No hay paros y existe un mejor seguimiento a los alumnos. Todos los padres de familia entrevistados están de acuerdo para afirmar que existe un grave problema con la educación fiscal en el país.

Los dos hijos de la costurera Agustina Villca (34 años) estudian en un colegio fiscal. Si ella dispusiera de más recursos, los inscribiría más bien en un establecimiento particular, porque allí, en su criterio, los grupos de alumnos son más pequeños y los profesores más dedicados, puesto que “son pagados directamente por los padres de familia”. Las tres hijas de Margarita Poma (35 años) estudian también en un colegio fiscal, en el barrio periférico de Atipiri, en El Alto. Tal como Agustina Villca, Margarita Poma sueña con transferirlos a una escuela privada. Explica que hasta hace poco, sus hijas iban al colegio en La Paz, donde “era muy distinta la enseñanza; habían llevado allá cosas (materias) más avanzadas que aquí (en El Alto) en matemáticas”. Margarita Poma critica a la escuela de sus hijas por tener “ventanas rotas, puertas que no sirven, el piso que está casi pura tierra, en vano les mandas limpios, igual que nada regresan a casa bien sucios. No hay sillas, están sentados entre tres personas, y es muy duro ver eso. Cuando llueve, entra el agua por la ventana. Así es.”

Bajo el doble criterio de la calidad pedagógica y del estado de las infraestructuras educativas, los padres de familia establecen una clara diferencia entre los colegios fiscales y privados, entre las escuelas rurales y urbanas, y hasta entre los centros educativos establecidos en una ciudad cuando se los compara con otros que son localizados en otra urbe. El problema es mayúsculo en un país como Bolivia, donde uno de cada diez niños no concluye la primaria y dos de cada cinco adolescentes abandonan sus estudios de segundaria antes del bachillerato. El experto Ernesto Pérez, del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, explica tan crítico panorama por el hecho de que “muchos niños y sus mismas familias perciben que no es útil lo que están aprendiendo, que el servicio que se les da o la forma de enseñanza de algunos profesores no es la mejor; que los profesores no asisten (a clases), o que las infraestructuras del colegio y el equipamiento no dan para que los niños aprendan en las mejores condiciones”.

Andrea Sirpa Tórrez. Foto: Alejandro Loayza.“Mi evaluación es que realmente la educación está en crisis”, dice Andrea Sirpa Tórrez (20 años). Hizo su primaria en la unidad educativa Delia Gambarte en la zona Pampahasi y su secundaria en el colegio Pedro Poveda. Luego Andrea quiso ingresar a una facultad de ingeniería, pero no le fue bien. “La universidad es otro ámbito. Ahí te das cuenta cuál ha sido tu rendimiento en el colegio. Me he dado cuenta de que el nivel de matemáticas, física, química es muy bajo. Realmente no nos exigían, nos enseñaban lo básico”. Al revés, sus amigos que provenían de colegios particulares “tenían otro nivel. A ellos les habían preparado para la universidad. A nosotros no”.

Todos los padres tienen grandes aspiraciones para sus hijos y están dispuestos a muchos sacrificios para prepararles por un mejor futuro. Emma Poma paga 40 bolivianos cada mes para que su hija Luz Belén (de ocho años) pueda formarse en la Unidad Educativa Piloto Intervida. Hace este esfuerzo porque ella ha estudiado de niña en un colegio fiscal y no quiere que su hija “pase por las mismas situaciones que yo he pasado”. Asimismo, Agustina Torres, una auxiliar de parvulario de 42 años, quisiera poder inscribir a sus tres hijas en un colegio fiscal para “gastar menos”, pero eligió la alternativa de un centro de convenio, pues “en un colegio fiscal, si los niños se escapan por la pared no les importa, y tampoco les revisan la tarea. No hay control”. Margarita Poma indica haber intentado varias veces transferir sus hijos a otro colegio, “y no, no hay caso, porque se atajan a la misma zona. Siempre me decían: ‘¡Por algo cada zona tiene su propio colegio!’, así que difícilmente en otras zonas te los aceptan”. Esta madre reivindica su derecho de elegir el colegio que le convence a ella y le conviene mejor a sus hijos.

Roxana Petrona Quispe con su hijo. Foto: Alejandro Loayza.Roxana Petrona Quispe desea que su hijito, Humberto Mamani, de cinco años, “estudie la carrera que le guste a él, porque no quiero que sea como nosotros, que no tenga trabajo. Su papá tampoco es profesional, de empleado nomás trabaja.” Lo mismo dice Celia Chirinos: “Yo quiero que estudien mis hijos, no quiero que sean como yo y que sufren como yo. Quiero que salgan adelante.” Eugenia Zenteno Mamani añade: “la mejor herencia que yo les puedo dejar a mis hijos es el estudio. Voy a luchar hasta que sean profesionales”.

Agustina Torres reclama una revolución pedagógica: “yo quisiera que los profesores no sigan utilizando el modelo antiguo, el de aprender de memoria. Yo quisiera que se modernicen, que se actualicen y sean capaces de motivar al niño”. Rocío Rosales tiene 21 años, estudia Ciencias de la Educación en la Universidad y está convencida de que la preocupación puede ser el motor de la acción: “Yo creo que ahora que hemos identificado el problema, que sabemos que la educación está mal y que está provocando retrocesos a nivel de desarrollo del país, tenemos la tarea y el deber de hacer algo”.

 

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